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En 1955, en “Historias de la radio”, José Luis Sáenz de Heredia, a través de la vida de personajes cuyo nexo de unión era la radio, abrió una maravillosa ventana a ese mundo por donde asomaban millones de ciudadanos de una humilde España.
Cuando imaginábamos el rostro de ensueño de la voz de mujer que se esparcía por los patios vecinales y las dependencias de nuestras humildes casas, ella hacía radio.
Cuando las locutoras eran diosas cuya voz salía de una caverna tocada por el eco de lo fantástico, Julia Ramos, hablaba desde allí.
Cuando nuestra amatxo escuchaba atentamente con dulzura y cariño la radio, mientras nos acunaba, ella, hacía radio.
Cuando la mítica antena emisora EAJ-8, Radio San Sebastián, emitía con tres kilovatios desde la estampa del Igueldo, Julia, hacía radio.
Cuando la radio acaparaba el interés y el divertimiento de todos los públicos, vaciaba las calles o los cinematógrafos y las locutoras eran pocas pero cercanas, ella, hacía radio.
Cuando la radio conllevaba toda esa carga de inocencia, enigma y magia de los años cuarenta, Julia, hacía radio en nuestra muy querida Donosti.
Cuando la radio modulaba en amplitud, a través de la onda media, viajando las voces en aquel aire que hablaba, hasta quien sabe que mundos fantásticos y no soñados aún, ella, hacia radio.
Cuando la radio desvelaba un mundo recreativo y cultural que descubrían, en una San Sebastián más inocente y menos pija y perversa que la actual, que se podía llegar por el buen caminito hacia más allá de lo imaginado, Julia, hacia radio.
Cuando se encendía la radio y se necesitaba renovar gratis un sueño, Julia, hablaba allí.
Ella, en los años cuarenta, formó parte de las mejores voces de la radio en nuestra gran San Sebastián. La vida y el tiempo de aquellos pioneros que, equivocándose y gratis, alcanzaron la notoriedad y acapararon el interés agradecidísimo de la audiencia.
No se les veía. Los imaginabas con sensaciones de pura fisicidad que bastaba para, aunque equivocaras su rostro o carácter, adherirles un gran amor. Eran las gentes de la radio que, como Julia, repartían noticias, teatros, concursos, música y diversión, casa a casa y día a día.
Como solía contar Aingeru Bengoetxea, no cobraban pero eran muy felices y se han ido marchando. La edad pasa sobre ellos y ellas, aunque jamás les viéramos el rostro. Ella, estuvo allí. Ha fallecido Doña Julia Ramos.
Entró en los años cuarenta en Radio San Sebastián. No había la televisión y menos el timo de la TDT. Las buenas gentes, de alta cuna o de barriada que olía a pueblo, se entretenían desde la lejana cercanía de un hombre o de una mujer que hablaba desde algún lugar y que decía cosas por el micrófono. Y todo era una ilusión. Un simulacro de relación interpersonal que daba amenidad y subsistencia, cautivando a los humanos.
¡Era maravilloso!. Nos cuentan, los que “ponían la radio” entonces.
Tenía una dicción muy elegante y una voz de cigarra pundoronosa que transmitían una honesta llaneza con un toque distinguido. Era suave pero hiriente y rebelde, como una ronca lágrima que llora de una garganta amable. Sabía a la mermelada agridulce de los candorosos y a la de miel que saborean los adolescentes, cuando se abrazan entre hechizos eléctricos. ¡Era mágica!.
Era una chica preciosa, de pelo largo y risueño, inaprensible. Era la chica del otoño. Nunca aparecía y siempre se desvanecía en una onda de radio portadora, cuando cerraba el micrófono.
Le conocí cuando tenía 79 años. Me recibió en su casa, hace 11 años, en la Avenida, para el programa que yo realizaba en la emisora entonces, “Historias de la Radio”.
Era una anciana entrañable y muy sensata, que lucía en su rostro haber sido muy bella.
La entrevista fue muy plácida. Tomamos un estimulante té y me dijo que, ella, no perteneció a la era digital evidentemente; pero que descubrieron las grabadoras de hilo, el diferido y una muy grande amistad entre compañeros. Que no percibían salario y que vivían todas y más horas por y para radio.
Le conté que mi madre, que vivía en la calle Aldamar, me contaba que se solía muchos días encontrar con ella en esa calle y en el cinematógrafo “Principe"; se emocionó.
Tenía un brío, un oficio y una empatía notables. Donostiarra refinada, se aceptaba a sí misma sin dudarlo, reivindicando la dignidad femenina de aquellas precursoras mujeres de la radiodifusión. Era muy culta. Y para trabajar en la radio y no ser pisada, confesaba, las mujeres debían de ser de la materia con la que resulta el pedernal.
Para los que amamos a la radio, encontramos en su casa un santuario de nostalgia radiofónica.
Trabajó con los números uno que lo inventaron todo. Y cuando se casó con el notable García Iñiguez, dejó la emisora. En aquella época, era obligado hacerlo.
Julia Ramos fue la compañera de Ángel Molina, la mejor voz de la radio en el estado y que cuando falleció, la ciudad de Donosti enmudeció.
Ha habido dos casos similares. Éste, de Ángel Molina, y el del cortejo fúnebre a Juan Luis Suarí. Juan Luis, aquel actor de radio y doblaje, que puso su voz a Marlon Brando en “Julio Cesar” y que falleció inesperadamente en accidente de moto, a mediados de los cincuenta en Barcelona.
Con Juan Cuberta entró en el Cuadro de actores de Radio San Sebastián. Trabajó con un hombre inteligentísimo y humanamente distinguido, José Manuel Setién, a quien entrevisté en un “31 de Agosto” de 1996 y me dio sabios consejos.
Con la voz más bonita de la radio mundial, una señora con sonido de hada, que siempre pareció mayor, precursora de las feministas, espigada y de mucho carácter, Elisa Bueno. Eli, falleció hace unos años en una residencia de Donosti. Me dio mucha pena verla así.
Compartió teatro con el locutor, José Amador Álvarez Garagarza, una voz impresionante que simulaba hablar desde una caverna con perfecta dicción y una de las mejores personas que he conocido en mi vida.
Compañera de la pizpireta Maria Jesús Garijo, hoy retirada, voz de ensueño.
Unida en el micro con la recientemente desaparecida Petrita Tamayo, mujer de aterciopelada radiofonía, labios de fresa, ojos negros y cintura de avispa.
Y con aquel actor donostiarra, que llegó a Madrid, vio el panorama y triunfó en el doblaje; un fenómeno y hoy considerado internacionalmente en la profesión como el mejor actor del doblaje del mundo de todos los tiempos, Ángel Maria Baltanás Chapartegui. Ángel, quiso morir joven aún y fue la voz durante los años cincuenta, sesenta y parte de los setenta de los “grandes del cine”, Marlon Brando, Kirk Douglas, David Niven, O.W. Fischer, James Mason o Sir Michael Redgrave.
Tuvo la gran fortuna de estar muy juntos al micrófono con Leopoldo Esteller; Javier Navajas; Carmen Cardenal; Arturo Rey; Aingeru Bengoetxea; Gerardo Cercadillo; Pilar Bueno; al lado de la “koxkera” y notoria actriz de doblaje en Madrid, Ana María Saizar; Mercedes Espinosa; Ángel Ibáñez; Fernando Berruezo; Don Antonio Larzabal.
No faltaba a casi ninguna cena del patrón de su emisora y cantaba. Le pedían hacerlo y recordaba sus muchos años en los virtuosos coros “Maitea” y en el “Orfeón Donostiarra”.
En el “Maitea”, con la inolvidable María Teresa Hernández Usobiaga, también locutora de Radio San Sebastián, cantó a “capella” y con orquestas de prestigio. En 1946, con Pablo Sorozabal y la Orquesta Filarmónica, en Madrid, interpretaron el Stabat Mater, de Pergolessi. Y nunca olvidaba el Ave Maria, de Tomás Garbizu, en 1950, para Radio Vaticana y Academia de Santa Cecilia, y con motivo del Año Santo para homenaje a Pio XII.
Cantó polifónicos y sinfónico- corales con Gorostidi y Esnaola, en el “Orfeón”. A destacar, La Grand Messe des Morts de Beriloz, en Burdeos y en 1951, así como el Réquiem de Brahms, en los Campos Elíseos con Argenta.
Julia, se ha ido en silencio, como casi todos aquellos. Algunos de ellos han sido mis maestros. Ya casi nadie les recuerda o muchos de hoy ni les escucharon. Son un referente arrinconado en un desván. Fueron los mejores. Son las alejadas voces de la radio de San Sebastián. Nunca las he olvidado ni lo que hacían o enseñaron. Yo las recuerdo todos los días. Me faltan mucho y me han dejado muy solo. Pero sé, yo que las pasé “canutas”, que nunca me han desprotegido en los momentos más difíciles.
José Ignacio Salazar Carlos de Vergara
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